domingo, 20 de marzo de 2016

UN PAÍS CON MEMORIA PUEDE CONSERVAR SU CULTURA Y TRADICIÓN

Alguna vez en la historia del Japón feudal los monjes Komuso perdieron sus privilegios de peregrinar por todo el territorio Nipón, gracias al mismo estado de guerra civil del país, y sus actividades militares, así como la delincuencia, que demandaba impostores, bandidos disfrazados, como también guerreros shinobi (ninjas) encubiertos, que empleaban el traje del monje para infiltrarse en misiones secretas. 
Hoy como investigador, maestro del shakuhachi y de la disciplina del Ninpo-Ninjutsu, arte que en tiempos remotos empleó el traje del komuso (monje Budista que peregrinaba tocando el shakuhachi) para personificarle y ocultar su identidad, creo que es una gran pena que por culpa de esta actividad y la misma guerra, se haya sacrificado el tránsito libre por el país de esta importante secta budista que desapareció en aquel tiempo.
La guerra en el mundo siempre acabará con lo más importante de las regiones, su cultura y sus tradiciones, aunque la memoria de un país queda de alguna forma, y ella permitirá hacer resurgir de las sombras y cenizas esas tradiciones que algún día se sepultaron.
Así como el Ninjutsu (Ninpo), fue un arte que bien sirvió a su país a su conveniente manera, y se conserva en su versión moderna, a pesar de su clandestinidad, persecución y prohibición en su momento histórico; la disciplina del suizen (meditación soplada) también se ha mantenido a través de la práctica del shakuhachi en nuestros tiempos, un legado indiscutiblemente enriquecedor para el espíritu y la búsqueda de la iluminación a través del sonido.

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